Recibí, por Facebook, un mensaje que decía así: “Tengo un hijo con tu mismo nombre. Sos la única persona que conocemos”. Si no tuviera una somera idea sobre quién me envía el mensaje tendría que haber comenzado a preocuparme. Mucho tiempo después, respondí. Y me llegó la respuesta: “Tiene 19 años”. Hace exactamente esa cantidad de años yo tenía 16. Si te llamás Juan, Pedro o Martín no hay que darle muchas vueltas: puede tratarse de una simple coincidencia. En mis clases había dos Fernandos, dos Verónicas, tres Natalias y cuando me cambié de colegio y de ciudad, hubo otras tres Natalias y dos Marcelos. Pero si te llamás como yo me llamo, te estarías preguntando lo que yo me pregunté.Durante el fin de semana leí Todo por una chica, de Nick Hornby. No puede ser coincidencia: Sam acaba de cumplir 16 años y va a ser padre. Es una edad crítica, porque a esa misma edad, su mamá se había quedado embarazada de él. Y a esa misma edad, su abuelo había tenido un percance similar. Corolario: el ascenso social por la vía del estudio no encaja en la familia de Sam, hay algo en los genes de los Jones que les impide escalar.
Planea, tibiamente, la idea del aborto. Pero Alicia es una chica obcecada y ya lo decidió: va a tenerlo contra lo que piensan sus padres, un matrimonio que a la edad de la madre de Sam, engendró a su primogénita.
19 años. ¡Tendría tres de abuelo!
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